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¿Qué es la psicología budista?

Actualizado: hace 6 horas

Por Benjamín Zegers, Director Instituto Mindfulness


La psicología budista es el conocimiento acumulado por la tradición budista durante más de dos mil quinientos años acerca de la mente humana y el arte de ser seres humanos. Es el resultado de generaciones de personas que dedicaron su vida a observar cuidadosamente su experiencia, preguntándose qué nos hace sufrir, qué nos permite vivir con mayor bienestar y cuáles son las posibilidades más profundas de la mente y el corazón humanos. Incluye una comprensión de las dificultades que enfrentamos, así como una invitación a las grandes preguntas: ¿cómo hacer un buen uso de nuestro tiempo en esta vida?, ¿cómo conectar más profundamente con la realidad?, ¿y de qué se trata este misterio que es vivir?


Esa investigación dio origen tanto a una comprensión profunda del funcionamiento de la mente como a un conjunto de prácticas destinadas a cultivarla. Por eso, cuando hablamos de psicología budista, no nos referimos únicamente a una forma de meditación ni exclusivamente a una teoría sobre el ser humano. Hablamos de una tradición que desarrolló una conceptualización de la mente y, al mismo tiempo, un camino para conocerla directamente.

Buena parte de esta comprensión quedó recogida en el Abhidhamma, uno de los primeros intentos, en la historia humana, de cartografiar la mente de manera sistemática. En sus textos encontramos una detallada descripción de la percepción, la atención, las emociones, los estados mentales, la construcción de la identidad y las condiciones que favorecen tanto el sufrimiento como el bienestar. Su propósito no era construir una teoría abstracta, sino ofrecer un mapa que ayudara a comprender la experiencia humana y orientara el camino de la práctica. Precisamente a este compendio, se le suele llamar psicología budista. Sin embargo, esta perspectiva es mucho más amplia que aquellas observaciones. Incluye una visión de nuestra naturaleza humana, un camino para despliegar quiénes somos y una comprensión del fruto: la posibilidad de vivir con nuestra mente y corazón despiertos a la vida.

Lo que hace especialmente valiosa esta tradición es que ambas dimensiones son inseparables. La psicología budista propone una comprensión de la mente, pero también una forma de investigarla. Nos ofrece un modelo para entender cómo funciona nuestra experiencia y, al mismo tiempo, un método para observar si ese modelo se confirma en nuestra propia vida. En ese sentido, puede entenderse como una ciencia contemplativa de la mente: una disciplina nacida de la observación rigurosa de la experiencia humana que, durante siglos, refinó una comprensión extraordinariamente sofisticada de los procesos mentales y de las causas del sufrimiento.

A diferencia de otras formas de conocimiento, esta investigación comienza en primera persona. Su punto de partida no es estudiar la mente de otros, sino aprender a observar la propia. No para encerrarnos en nosotros mismos, sino porque toda comprensión profunda de la experiencia humana comienza por reconocer con claridad aquello que ocurre en nuestra propia experiencia. Por esta razón, la meditación ocupa un lugar central dentro de esta tradición.

Con frecuencia se piensa que meditar consiste simplemente en relajarse o calmar la mente. Aunque esos efectos pueden aparecer —y de hecho los buscamos—, la meditación tiene un propósito mucho más profundo. Es un entrenamiento de la atención que nos permite desarrollar estabilidad, claridad y sensibilidad para observar con mayor precisión aquello que ocurre momento a momento en nuestra experiencia. A medida que esa capacidad se desarrolla, comenzamos a reconocer nuestros hábitos, nuestras formas de reaccionar, los patrones emocionales que repetimos y las historias que construimos acerca de quiénes somos. Descubrimos que gran parte del sufrimiento no depende únicamente de las circunstancias, sino también de la manera en que la mente interpreta, organiza y responde a la experiencia.

Desde esta perspectiva, conocer tu mente deja de ser un ejercicio exclusivamente intelectual. La comprensión surge del encuentro entre el mapa y la experiencia, entre aquello que la tradición ha observado durante siglos y aquello que tú puedes descubrir por ti mismo. Es una invitación a verificar más que a creer, a pasar del estudio a la vida misma. Las prácticas, principios y enseñanzas han de tocar quien eres.

Así, la psicología budista propone algo que sigue siendo profundamente vigente: la mente puede conocerse y puede transformarse. No estamos condenados a repetir nuestros hábitos de manera indefinida. Podemos aprender a relacionarnos con nuestros pensamientos y emociones con mayor libertad, cultivar cualidades como la atención, la ecuanimidad y la compasión, y desarrollar una comprensión más profunda de nosotros mismos y de nuestra relación con los demás.

Quizás por eso la psicología budista no pone el énfasis principal en cuánto sabemos acerca de la mente, sino en cuánto hemos aprendido a conocerla. No cuánto podemos hablar del sufrimiento, sino cómo nos relacionamos con él. No cuánto entendemos intelectualmente la compasión, sino cuánto somos capaces de cultivarla en nuestra vida. Es decir, pone el acento en cómo hago camino con mis circunstancias reales, antes que en perseguir algún ideal abstracto acerca de quiénes deberíamos ser.

En última instancia, la psicología budista nos invita a convertirnos en investigadores de nuestra propia experiencia. Nos ofrece un marco para comprender la mente y un camino para explorarla directamente. Una dimensión enriquece a la otra: la comprensión orienta la experiencia y la experiencia da profundidad a la comprensión. Es precisamente en ese diálogo donde esta tradición mantiene, más de dos mil quinientos años después, toda su vitalidad.

¿Por qué sufrimos?

Si la psicología budista comenzó con una pregunta, esa pregunta fue sorprendentemente sencilla: ¿por qué sufrimos?

Es una pregunta tan antigua como actual. Todos conocemos el dolor de perder a alguien que amamos, de enfermarnos, de enfrentar la incertidumbre o de atravesar momentos en los que la vida parece perder su dirección. Conocemos el sufrimiento de la vejez, del duelo, de que nuestros planes cambien y de que muchas cosas simplemente no funcionen como esperábamos. El sufrimiento forma parte de la experiencia humana y, tarde o temprano, todos nos encontramos con él.

Cuando eso ocurre, nuestra reacción más natural es querer dejar de sufrir. ¿Cómo no? Si estamos viviendo ansiedad por una situación familiar difícil, angustia frente a una pérdida, preocupación por dificultades económicas o la incertidumbre propia de un momento de cambio, lo primero que deseamos es que ese malestar desaparezca cuanto antes. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a formular una pregunta diferente: ¿cómo podemos relacionarnos con nuestro sufrimiento?

La diferencia puede parecer sutil, pero cambia completamente la perspectiva. Porque cuando nuestro único objetivo es eliminar el sufrimiento lo antes posible, corremos el riesgo de perder también la posibilidad de comprender aquello que esa experiencia viene a mostrarnos. La ansiedad puede revelar aquello que valoramos y tememos perder. La tristeza puede hablarnos de un vínculo significativo o de algo que amamos profundamente. La rabia puede mostrarnos un límite que ha sido traspasado. Incluso emociones difíciles como la culpa pueden ayudarnos a reconocer acciones que no estuvieron alineadas con nuestros valores más profundos.

Desde esta perspectiva, las emociones no son simplemente obstáculos que debemos eliminar. Son también una forma en que nuestra experiencia intenta comunicarse con nosotros. Además, muchos hemos comprobado que los cambios apresurados que hacemos para dejar de sufrir suelen durar sólo un tiempo. Intentamos distraernos, resolver rápidamente aquello que nos incomoda o encontrar una solución inmediata al malestar, pero pocas veces vamos a la raíz del asunto. Y hacerlo requiere de algo mucho más esencial: nuestra presencia completa. Requiere que aprendamos a estar con lo que nos pasa, a escucharlo y a permitir que nos revele aquello que todavía no hemos comprendido.

Si intentamos deshacernos demasiado rápido del sufrimiento, podemos terminar perdiendo la comprensión que contiene. Corremos el riesgo de cortar el trigo junto con la cizaña: en el intento de eliminar aquello que duele, también podemos perder aquello que tiene el potencial de transformarnos. Por supuesto, esto no significa que debamos buscar el sufrimiento ni romantizarlo. El dolor duele y es difícil. Hay experiencias que nos sobrepasan, que nos hieren profundamente y para las cuales necesitamos apoyo, cuidado y acompañamiento. Pero existe una diferencia importante entre quedar atrapados en el sufrimiento y aprender a acercarnos a él con curiosidad, honestidad y valentía.

La pregunta central, entonces, no es simplemente cómo dejar de sufrir. La pregunta es: ¿cómo construimos el sufrimiento y cómo podemos relacionarnos con él de una manera más libre y más consciente? Esta fue una de las grandes intuiciones del Buda. Descubrió que el sufrimiento no depende únicamente de aquello que nos ocurre. Depende también de la manera en que nuestra mente percibe, interpreta y responde a la experiencia.

Esto no significa que el dolor sea una ilusión ni que baste con cambiar nuestra forma de pensar para dejar de sufrir. La pérdida es real. La enfermedad es real. La incertidumbre es real. La muerte forma parte de la vida. Sería ingenuo negar estas realidades. La psicología budista nos invita a acercarnos con precisión a nuestra experiencia y reconocer que, junto al dolor inevitable que forma parte de la existencia, existe un sufrimiento adicional que surge de la relación que establecemos con aquello que vivimos. Como enseña la tradición budista, una cosa es el dolor -que es inevitable- y otra es el sufrimiento. Necesitamos aprender, a título personal, muy profundamente cuál es ese camino que nos lleva a sufrir.

Muchas veces intentamos aferrarnos a aquello que inevitablemente cambia. Queremos que ciertas experiencias agradables duren para siempre. Queremos que las personas que amamos permanezcan junto a nosotros. Queremos conservar una imagen estable de quiénes somos y de cómo debería ser nuestra vida. Otras veces ocurre lo contrario. Rechazamos aquello que ya está presente. Nos resistimos al miedo, a la tristeza, a la incertidumbre o a los cambios que no habíamos elegido. Luchamos contra aquello que ya forma parte de nuestra experiencia. Sin advertirlo, terminamos viviendo en una tensión permanente entre aferrarnos a lo que cambia y resistirnos a lo que ya está ocurriendo. Esa lucha interior suele convertirse en una fuente constante de sufrimiento.

Esta comprensión quedó expresada en una de las enseñanzas centrales del budismo: las Cuatro Nobles Verdades. La primera noble verdad reconoce una realidad profundamente humana: el sufrimiento existe. Lejos de ser una afirmación pesimista, representa un acto de honestidad. Nos invita a reconocer algo que normalmente intentamos evitar. Todos experimentamos dolor, pérdida, frustración, incertidumbre y vulnerabilidad. La vida incluye estas experiencias y nuestra madurez como seres humanos depende, en parte, de nuestra capacidad para encontrarnos con ellas.

La segunda noble verdad dirige la atención hacia las causas del sufrimiento. No se conforma con reconocer que sufrimos; nos pide mirar cómo se origina ese sufrimiento. Thich Nhat Hanh lo expresa con una imagen orgánica en El corazón de las enseñanzas de Buda:

La segunda noble verdad es el origen, las raíces, la naturaleza, la creación o el surgimiento del sufrimiento. Después de percibirlo, necesitamos observarlo profundamente para ver cómo se forma.

—Thich Nhat Hanh, El corazón de las enseñanzas de Buda (Barcelona: Zenith, 2018)


Hay algo importante en esa manera de decirlo. El sufrimiento no es un bloque macizo ni una condena: tiene raíces, y las raíces pueden rastrearse. Por eso esta enseñanza nos invita a mirar nuestra vida en su conjunto. A observar nuestros hábitos, nuestras conductas, nuestras relaciones, nuestras formas de pensar, aquello que consumimos, aquello que evitamos y la manera en que nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás. Desde esta perspectiva, el sufrimiento deja de ser algo que simplemente nos sucede. Se convierte en una oportunidad para comprender el entramado completo de condiciones que configuran nuestra experiencia.


La tercera noble verdad introduce una posibilidad profundamente esperanzadora: el bienestar es posible. Si comprendemos las causas del sufrimiento, también podemos transformar nuestra relación con él. Esto no significa que desaparecerán las dificultades de la vida. Significa que podemos aprender a habitarlas de una manera diferente. Podemos dejar de luchar permanentemente con la realidad. Podemos desarrollar una mente más estable, un corazón más abierto y una relación más sabia con aquello que estamos viviendo.


La cuarta noble verdad propone el camino para hacerlo. La psicología budista no ofrece una solución basada en la fe ni una promesa de felicidad permanente. Propone una práctica. Un entrenamiento gradual de la atención, la ética, la compasión y la sabiduría que nos permite transformar la manera en que vivimos nuestra experiencia.


La meditación constituye una de las herramientas fundamentales de este camino. A medida que practicamos, comenzamos a descubrir algo sorprendente: gran parte de nuestra vida transcurre en automático. Repetimos hábitos. Reaccionamos desde patrones antiguos. Damos por ciertas historias que nuestra mente ha construido durante años acerca de quiénes somos, de cómo son los demás o de cómo debería ser la realidad.


La práctica nos permite comenzar a ver estos patrones. Descubrimos que los pensamientos aparecen y desaparecen. Que las emociones cambian constantemente. Que la ansiedad, la tristeza o la rabia no son identidades permanentes, sino experiencias que surgen y se transforman. Poco a poco comenzamos a responder en lugar de reaccionar. Aprendemos a hacer una pausa antes de actuar, a reconocer nuestros hábitos sin quedar completamente atrapados en ellos y a desarrollar una relación más consciente con aquello que ocurre en nuestra mente y en nuestro corazón.


Este cambio puede parecer pequeño, pero transforma profundamente nuestra vida. Cada momento de atención abre un espacio entre el impulso automático y la respuesta consciente. Y en ese espacio aparece la posibilidad de la libertad.

Por eso, el propósito de la psicología budista no es eliminar el dolor ni construir una vida libre de dificultades. Su propósito es ayudarnos a comprender el sufrimiento con suficiente profundidad como para dejar de ser gobernados por él. Cuando entendemos cómo surge el sufrimiento, también comenzamos a descubrir el camino hacia el bienestar. No como un estado perfecto que alcanzaremos algún día ni como una felicidad permanente libre de problemas, sino como una manera distinta de relacionarnos con la experiencia. Una forma de vivir con mayor conciencia, mayor apertura y una comprensión más profunda de nosotros mismos.

La psicología budista sostiene que esta transformación es posible. No porque la vida deje de ser incierta o compleja, sino porque podemos aprender a relacionarnos con ella de una manera diferente. Y es precisamente ahí, en esa relación distinta con la experiencia, donde algo empieza a abrirse.

La salud fundamental y el cultivo del corazón

Además de describir un camino para comprender el sufrimiento y cultivar el bienestar, la psicología budista trae consigo una visión particular del ser humano. Quizás este sea uno de sus aportes más importantes. A diferencia de la idea, tan presente en nuestra cultura, de que existe algo fundamentalmente equivocado en nosotros y que debemos corregir o reparar para estar bien, la psicología budista sostiene que en la base de los seres humanos existe salud, existe cordura y existe bondad.

Esto puede parecer difícil de creer en los tiempos que vivimos. Basta mirar a nuestro alrededor para encontrar violencia, egoísmo, codicia y sufrimiento. Basta también observar honestamente nuestra propia experiencia para reconocer cuánta confusión, miedo, rabia o inseguridad pueden habitar en nosotros. Sin embargo, la experiencia acumulada durante más de dos mil quinientos años por quienes han dedicado su vida a profundizar en la mente y en el corazón humanos conduce una y otra vez a la misma conclusión: en nosotros hay salud.

Esto no es algo que tengas que creer. De hecho, la psicología budista no suele pedirnos que aceptemos sus enseñanzas por fe. Más bien, nos invita a investigar. Observa: cuando reconocemos que estamos confundidos, ese reconocimiento no proviene de la confusión misma; hay en nosotros algo capaz de advertirla, algo que no está confundido y que la mira. Cuando nos sabemos perdidos, es porque en alguna parte permanece el sentido de un camino. Nombramos el extravío porque algo en nosotros recuerda la dirección. La cordura no es, entonces, una meta lejana que debamos alcanzar. Es la condición desde la cual reconocemos todo lo demás, y está operando, silenciosa, incluso en el momento en que nos creemos más perdidos. Como decimos acá: la claridad surge de la confusión.

Por eso la tradición nos invita a preguntarnos si es posible que debajo de nuestras dificultades exista algo más profundo que permanece intacto; si es posible que detrás de la confusión exista claridad, detrás del miedo exista valentía y detrás de la agresión exista una capacidad genuina de conexión y cuidado. Esta posibilidad constituye el punto de partida de la práctica contemplativa.

La invitación de esta tradición es aprender a relacionarnos con nuestra mente, entrenarla y mirarla profundamente. Nos pasamos gran parte de la vida sin querer mirar hacia nuestro interior porque tememos aquello que podríamos encontrar. Intuimos que hay dolor, heridas, contradicciones o emociones difíciles, y preferimos mantenernos ocupados, distraídos o preocupados por algo más. Sin advertirlo, vamos construyendo una cierta distancia respecto de nuestra propia experiencia y, en ese proceso, poco a poco, comenzamos a adormecernos.

Sin embargo, la posibilidad de despertar como seres humanos está siempre a nuestro alcance. Y es bastante más directa de lo que solemos imaginar. Tiene que ver con la capacidad de mirar nuestra experiencia tal como es, de acercarnos a aquello que estamos viviendo con honestidad y de desarrollar una relación más íntima con nuestra propia vida. Pero aquí aparece algo importante. El desafío no consiste únicamente en aprender a mirar. En cierto sentido, todos estamos mirando algo todo el tiempo. Lo que verdaderamente necesitamos desarrollar es la capacidad de sostener aquello que vemos. Y esto es quizás una de las cosas más difíciles al comienzo del camino.

Aprender a sostener la confusión cuando aparece sin apresurarnos a resolverla. Aprender a sostener el miedo, la rabia y la tristeza sin quedar completamente atrapados en ellos. Aprender a permanecer presentes frente a la incertidumbre cuando no sabemos qué va a ocurrir. Y también aprender a sostener el amor, la alegría, la felicidad y la vulnerabilidad que implica abrir nuestro corazón a otros seres humanos. Esto es algo muy singular de la psicología budista. Nos propone que los seres humanos somos capaces de contemplar profundamente nuestra experiencia y, al mismo tiempo, sostenerla.

Nuestra tendencia habitual suele ser otra. O reaccionamos rápidamente frente a aquello que sentimos, descargándolo sobre otros o intentando resolverlo de inmediato, o nos alejamos de la experiencia, reprimiéndola y tratando de no sentirla. La práctica contemplativa propone una tercera posibilidad: permanecer presentes. La razón de esto es simple. Cuando aprendemos a sostener nuestra experiencia comenzamos a verla con más claridad. Y cuando la vemos con más claridad, algo empieza a desarrollarse. Comenzamos a descubrir posibilidades que permanecían ocultas bajo nuestros hábitos, nuestras defensas y las historias que nos contamos acerca de quiénes somos.

La tradición budista sostiene que todos los seres humanos poseemos capacidades mucho mayores de las que solemos reconocer en nosotros mismos. No se trata de convertirnos en alguien distinto, sino de permitir que se desplieguen posibilidades que ya forman parte de nuestra naturaleza. La capacidad de actuar con valentía cuando una situación lo requiere. La capacidad de responder con precisión e inteligencia. La capacidad de sostener situaciones complejas sin perder nuestro centro. La capacidad de abrirnos al sufrimiento de otros sin quedar paralizados por él. La capacidad de amar y de actuar para beneficio de otros.

En la medida en que aprendemos a sostener nuestra experiencia, comenzamos a sorprendernos de aquello que somos capaces de llegar a ser. Descubrimos que somos mucho más amplios que nuestras emociones pasajeras, mucho más amplios que nuestros pensamientos habituales y mucho más amplios que la identidad limitada con la que solemos definirnos. Y aquí aparece una tercera dimensión que resulta central en esta perspectiva: el cultivo del corazón.

Poco se habla, en gran parte de la psicología contemporánea, del lugar que ocupa nuestro corazón en el bienestar más profundo. Sin embargo, desde la psicología budista, el bienestar más hondo tiene que ver precisamente con ciertas cualidades del corazón. Tiene que ver con el amor, la empatía, la compasión y la capacidad de abrirnos genuinamente a los demás. Tiene que ver con desarrollar un corazón sano, un corazón bien puesto.

Son estas cualidades de cariño, afecto y compasión hacia nosotros mismos y hacia los demás las que nos permiten seguir mirando, seguir sosteniendo y seguir comprometiéndonos con nuestro propio camino y con el camino de otros. Son ellas las que nos ayudan a encontrar algo que pareciera cada vez más escaso en nuestro tiempo: sentido. Por esta razón, la psicología budista ofrece distintos métodos para entrenar el corazón y cultivar lo que tradicionalmente se conoce como los cuatro inconmensurables: el amor, la compasión, la alegría y la ecuanimidad.

Se les llama inconmensurables porque son inagotables. No existe un punto en el que ya hayamos amado suficiente, comprendido suficiente o desarrollado suficiente compasión. Son cualidades que pueden seguir profundizándose durante toda una vida y que, precisamente por eso, nos ayudan a madurar y a volvernos más profundos como seres humanos.

De modo que esta perspectiva incluye la precisión de querer mirar nuestra experiencia de cerca, una gran apertura que nos permite descubrir otras posibilidades, la capacidad de sostener aquello que estamos viviendo, el coraje de sentir lo que sentimos y el cultivo de una profunda calidez. Una calidez que no surge de negar nuestras dificultades, sino de aprender a relacionarnos con ellas de una manera más humana.

Cultivar gentileza, cariño y afecto no como un ideal inalcanzable que termine traduciéndose en más exigencia y más culpa, sino como una posibilidad real de crecer cada día en nuestra comprensión de la experiencia, en nuestra capacidad de sostenerla y en nuestra capacidad de volvernos, un día a la vez, más amables.

Hay mucho más que decir acerca de esta tradición, porque se trata de una enseñanza inmensamente vasta. Sin embargo, quizás la invitación esencial sea más simple de lo que parece. Se trata de prestar atención a tu vida, aprender a relacionarte con aquello que te está ocurriendo en lugar de escapar inmediatamente de ello, entrenar tu mente para habitar con mayor claridad el momento presente y desarrollar la valentía necesaria para permanecer cerca de tu propia experiencia, incluso cuando sea difícil.

Quizás de eso se trate, después de todo. ¿Cómo hacer un buen uso de nuestra vida si no es recorriendo precisamente el camino de vivir, prestando atención a cada alto y cada bajo, a cada detalle de nuestra experiencia, a cada etapa del camino? Esa forma de caminar es la que nos permite conectar con la realidad, en lugar de pasar la vida fantaseando con el futuro, recordando algún pasado o perdidos en un presente que nunca terminamos de tocar, que se nos escurre como agua entre las manos. ¿De qué se trata este misterio de vivir? Quizás solo lo sepamos en la medida en que penetremos en el ahora y en nuestra mismísima existencia.

Porque es justamente ahí donde comienza el camino.



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