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Invitaciones: por una Ecología Contemplativa

Rodrigo Bobadilla, Director Diplomado Ecología Contemplativa



Todo camino, todo encuentro, toda experiencia de vida parece entrañar una especie de incitación. O una invitación. Las cosas y lugares del mundo, las mañanas frías y los atardeceres arrebolados, los seres alados que vuelan sobre nuestras cabezas y los diminutos que pueblan el suelo que pisamos, la lluvia y los brotes, nos invitan a algo. Atrapados en la red de discursos y conceptos en los que nos pasamos las horas de nuestra existencia, comúnmente ignoramos ese llamado silencioso que llega hasta nosotros desde la carne del mundo. Mary Oliver, esa terrícola profesional y experta en escuchar los mensajes inaudibles, enseñó sobre esto en un poema titulado “Invitación”: en él, una voz –¿la de la vida misma?– nos convoca a hacernos un tiempo, destinar “tan solo un ratito/ de tu ajetreado/ y muy importante día” para prestar atención a un coro de jilgueros que se han reunido en un campo de cardos, dispuestos a repetir su concierto habitual de cantos expresivos, jubilosos y tiernos, de notas altas y graves; un espectáculo que ocurre “no por tu bien/ ni por el mío”, sino como pura expresión de gozo y gratitud:


créannos, dicen

   es algo serio


tan solo estar vivos

   en esta fresca mañana

      en este mundo arruinado.

         Te lo ruego


no pases por aquí

   sin detenerte

      a atender esta

         actuación un tanto ridícula.


Podría significar algo.

   Podría significarlo todo.

      Podría ser lo que Rilke pensaba cuando escribió:

         Debes cambiar de vida.   


Invitaciones, incitaciones, llamados. Detenerse, atender, cambiar nuestras formas de andar por el planeta, hacernos conscientes de la vida que palpita igualmente en los pájaros y en nosotros; la vida que sigue palpitando y cantando, aún en un mundo aparentemente arruinado. Como en casi todos los suyos, estos versos de Oliver contienen un llamamiento a reconocer que existe algo radicalmente importante en nuestra capacidad de aminorar el ritmo y escuchar, así como en no olvidar que la vitalidad el mundo “es algo serio” y que el hecho de “tan solo estar vivos” en las frescas mañanas del planeta entraña un sentido profundo, que podríamos adjetivar como sagrado. Declarar que la oportunidad de hacer una pausa para oír “la actuación un tanto ridícula” que los jilgueros ofrecen en el campo “podría significar algo” o, más aún, que en realidad “podría significarlo todo”, implica afirmar de algún modo que nuestra pertenencia al concierto del mundo natural contiene una dimensión profundamente espiritual, pues en ella se juega una parte importante del sentido de nuestra existencia. Y reconocer esto ya supone, innegablemente, una transformación de las formas en que nos relacionamos con la vida.


Un llamado semejante es la que nos llega desde la Ecología Contemplativa, un movimiento en el que sin duda la propia Mary Oliver militaría con entusiasmo. El alcance de este enfoque reverdecido de la atención y la presencia plena puede iluminarse deteniéndonos en las dos palabras que lo definen: la ecología y la contemplación. Al abrazarse, estos dos conceptos nos tienden una invitación de base, pues nos recuerdan, por un lado, que en la búsqueda ecológica existe innegablemente una dimensión espiritual y, por otro, que la práctica contemplativa entraña en sí misma un aspecto profundamente ecológico. La palabra “ecología” nombra aquí algo más hondo que la disciplina científica que estudia los ecosistemas, insinuando más bien una forma de reconocer la trama de pertenencias e interdependencias que conforman el mundo vibrante en el que habitamos; esa maraña de seres, organismos, cuencas, bosques, gases, humus y alientos que llamamos vida. Una forma de mirar el afuera en el que nuestra propia existencia organísmica está envuelta. Y lo “contemplativo”, por su parte, sugiere tal vez una mirada complementaria, que se orienta hacia adentro: no una mirada que huye del mundo o se encierra en un refugio interior, sino una que busca y nutre en la interioridad las cualidades naturales de nuestra mente despierta, capaz de estar atenta, abierta, disponible, sensible, a la escucha del mundo. Allá afuera los jilgueros cantan; aquí adentro una conciencia atenta se detiene y los escucha. Y en eso la vida cambia.


El afuera, el adentro: ese viejo hábito de nuestra experiencia. También en torno a esto la Ecología Contemplativa nos extiende una invitación. Nos convoca a seguir deconstruyendo aquella herencia que nos han legado varios siglos de razón instrumental, de la que hemos adquirido la costumbre de concebirnos como algo separado, distintos y distantes de los flujos vitales que animan al resto de las presencias planetarias. Hemos desaprendido las otras lenguas, los otros idiomas que son hablados por las materias y seres del mundo, para encerrarnos en el claustrofóbico capullo de nuestras conversaciones humanas. El capullo de una especie que ha dado la espalda al mundo, y el capullo personal que cada uno de nosotros ha construido para sentirnos separados. Interdependencia, entreser, reciprocidad, vida más-que-humana: son las nociones con las que la Ecología Contemplativa nos recuerda nuestra pertenencia, volviéndonos a enseñar los antiguos dialectos de comunicación y relación con todo lo que vive.


Este enfoque nos llama a considerar la práctica de prestar atención como un gesto de valorización de la vida en todas sus formas. A abandonar las agendas apremiantes, la urgencia por actuar, racionalizar y controlar, para salir al encuentro de la enorme vivacidad que nos circunda, aquella que anima la prodigiosa biodiversidad de los ecosistemas que nos sustentan. Así, el camino de la atención no busca solamente ayudarnos a crear un estado de calma o bienestar personal entendidos como fines en sí mismos, sino más bien a estar inmersos y abiertos al entorno, capaces de reconocer los dones que la bondadosa Tierra nos entrega sin condiciones ni reparos. Cuando nos sentamos a meditar y traemos nuestra mente al presente, lo estamos haciendo en un lugar concreto, en un paisaje de este planeta, en la espesura de un valle o en la falda de una montaña, a la orilla de un océano o en la cuenca de un río, y nuestra práctica es una forma de encarnar plenamente nuestra condición de terrícolas. La Ecología Contemplativa nos conmina de este modo a trascender una espiritualidad abstracta o desencarnada, para cultivar la vivencia de una espiritualidad situada, arraigada en un suelo específico y agradecida de nuestra pertenencia a un territorio particular.


Cada lugar del mundo posee una forma propia de manifestar la maravilla, ante la que nuestra atención responde con gratitud. Pero también cada paisaje de este planeta expresa a su modo el daño que el proyecto de dominación humana ha generado sobre la trama de la vida, frente al cual nuestra atención puede responder con valentía, sensibilidad y compasión. La Ecología Contemplativa porta también una invitación a abandonar las evasiones, las negaciones y las defensas, en el reconocimiento de que quizás lo más importante que los seres humanos podemos hacer hoy para responder a la crisis ecológica es –como enseñó Thich Nhat Hanh, ese otro maestro terrícola– “escuchar dentro de nosotros el llanto de la Tierra”. Es un llamado radical a no eludir el sufrimiento, la incertidumbre y el dolor por los mil rostros que asume la degradación de la vida en estos tiempos del denominado Antropoceno, la era de la ceguera humana. ¿Cómo despertar de esa pesadilla que nos muestra la inminencia de un posible fin del mundo? La Ecología Contemplativa responde a esa pregunta cuidándose de no incurrir ni en un optimismo tecnológico ingenuo, confiado en que las mismas máquinas que han creado el problema nos salvarán de él, ni en un pesimismo apocalíptico que se obstina en la letanía de un “no hay nada que hacer” o un “ya es demasiado tarde”. Responde con un activismo de la presencia: estoy aquí, estamos aquí, presentes en los duelos necesarios ante lo que se pierde irremediablemente, presentes frente a la magia de un mundo que continúa floreciendo pese a todas las pérdidas.


Escuchar el llanto del planeta y oír el canto de los jilgueros. Tomarse un momento, detenerse, aquí, en este sitio, ahora, en este tiempo. Tocar el suelo, la tierra, como hizo el propio Siddharta Gautama cuando el temible demonio Mara lo encaró para poner en duda su despertar, poniendo al mismo territorio sobre el que estaba sentado como testigo y garante de su hazaña. Son las incitaciones que nos trae el sendero de una espiritualidad reverdecida, las invitaciones de un saber ecológico con vocación contemplativa. Podría significar algo. Podría significarlo todo.       



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