top of page

El mandala del arte contemplativo

Actualizado: hace 21 horas

Por Rodrigo Bobadilla, co-director Diplomado en Artes Contemplativas


Hay una pregunta que cada día me parece más importante, y que está en el corazón del camino de exploración al que nos invita el arte contemplativo: ¿qué significa crear desde una dimensión contemplativa? Vale la pena detenerse un tiempo a pensarla con cuidado, pues en un mundo y un tiempo como el nuestro, marcado por el apuro, la obsesión por los resultados y la actividad incansable, me parece que no se trata de una pregunta sencilla ni de un tema meramente filosófico. Es, en el fondo, una interrogante que nos lleva a cuestionarnos sobre cómo vivimos y desde dónde actuamos.


El adjetivo contemplativo esconde sugerencias y significados extremadamente reveladores. Lo primero que hay que decir es que no es un concepto meramente decorativo. Posee en primer lugar un sentido muy hondo, y que está guardado en la propia raíz de esta palabra en nuestro idioma: contemplar proviene del latín contemplari, un término que contiene adentro la noción de un templum, un templo. La palabra originalmente se utilizaba para designar el espacio sagrado que los augures romanos demarcaban en el cielo o en la tierra para observar dentro de él los signos de lo divino. Contemplar era, literalmente, habitar ese recinto sagrado y prestar atención a lo que aparecía en él. Más que un edificio o una construcción, se trataba de una zona apartada, demarcada y protegida del ruido del mundo, para que en ella pudiera ocurrir una forma particular de mirada. Un sentido semejante sugiere el uso de dicho término en una tradición como el budismo, que lleva más de 2500 años enseñando algo que en nuestra cultura tendemos a olvidar o directamente a desconocer. Esa enseñanza es, en su formulación más sencilla, la siguiente: es posible aprender una modalidad de ser y estar presentes en todo lo que hacemos, de delimitar un espacio para estar presentes y cultivar nuestra atención despierta. Antes de cualquier acción, antes de cualquier producción, existe una forma de ser —abierta, receptiva, atenta, a la escucha— que las tradiciones contemplativas han cultivado con enorme cuidado y a la que nuestra cultura moderna ha olvidado en buena medida cómo acceder.


Puede resumirse esta problemática a través de una tensión característica de nuestra vida moderna: el conflicto entre el ser y el hacer. Vivimos en una cultura que ha apostado casi todo al HACER. Construir, producir, inventar, conquistar, rendir, lograr: son los verbos que sintetizan el proyecto del mundo moderno, la civilización que nos modela y que en gran parte nos determina. Por su parte, algunas tradiciones de Oriente —como el hinduismo, el taoísmo o el budismo— han cultivado durante milenios una dimensión distinta, que podríamos resumir en el reconocimiento del SER: nuestra capacidad de simplemente habitar el presente, de estar receptivos y abiertos, sin necesidad de que esa presencia sirva necesariamente para producir algo. El punto es que la vertiente predominante en la cultura occidental pareciera haber extraviado dicha capacidad, privilegiando la modalidad existencial de una actividad frenética e incansable, hasta el punto de perder de vista que una vida humana sana y plena depende también, y profundamente, de la calidad del propio ser y de la presencia disponible.


Este diagnóstico no es solo mío, por supuesto. Lo comparten, desde ángulos muy distintos, innumerables pensadores de ambas orillas del globo. Una perspectiva que me parece particularmente iluminadora es la del filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han, que en su libro La vida contemplativa: Elogio de la inactividad argumenta provocativa y agudamente que nuestra época está marcada por una sociedad dominada por la hiperactividad y la productividad constante. Frente a esto, él reconoce que la inactividad, lejos de ser una carencia o una forma de “perder el tiempo”, constituye una capacidad extraordinariamente valiosa, una destreza casi revolucionaria. La contemplación, esa saludable modalidad del no-hacer —o de un hacer que surge desde un estado mental receptivo, que se permite primero habitar el reposo y la inacción— nos lleva a reconectar con nosotros mismos y con el entorno. Y más que eso: ofrece una vía real para contrarrestar la autoexplotación, el culto al rendimiento, el utilitarismo frenético y la destrucción sistemática de la naturaleza que caracterizan al paradigma dominante. Byung-Chul Han recupera así el valor del ocio, del tedio y del descanso, concibiéndolos como formas de resistencia y de enriquecimiento espiritual, y plantea una pregunta que nos interpela directamente: ¿y si la verdadera felicidad —esa obsesión de nuestra cultura— radicara precisamente en las actividades sin propósito utilitario, en esos “gestos bellos que no sirven para nada”?


El arte, claramente, tiene mucho que ver con esto. La pregunta que subyace a esta búsqueda es si realmente la actividad creadora puede estar anclada en esta cualidad contemplativa, o si nuestro quehacer artístico puede surgir desde aquella modalidad existencial que tiene que ver con la escucha, la atención, la pausa, la espera, la detención. La respuesta, para mí, es un sí atronador. Más aún, me parece que la creatividad es uno de los lugares de nuestra experiencia más ricos para reunir el SER y el HACER, la contemplación y la acción. Sin embargo, esto implica entender el arte de una manera muy distinta a la que habitualmente se nos propone, y en la que en buena medida hemos sido educados: la producción como obsesión; el esfuerzo y el rendimiento como condiciones necesarias; y el logro, el éxito o el prestigio como metas a perseguir a toda costa. Pero si nos aventuramos a reconocer que el énfasis no está puesto en el logro externo, en el arte como producto terminado, ¿entonces dónde está? Está, quizás, en el mismo proceso creativo. En el arte concebido como camino, como búsqueda y experiencia. La creatividad concebida como un proceso que, aunque se traduzca finalmente en un fruto, implica antes que nada una vivencia. Y quizás esa vivencia sea más importante que el resultado. Como enseñan los maestros: el camino es la meta.


Esta es la invitación que nos trae el arte contemplativo: una manera de recorrer y encarnar el proceso creativo entendido como un camino, un posible itinerario para transitarlo de forma despierta y lúcida. ¿Cuál es ese itinerario? Para describirlo podemos tomar prestada una noción del budismo tántrico tibetano que siempre me ha parecido hermosa y poderosa: el mandala. Un círculo, una espiral, un mapa para ordenar el precioso caos de la experiencia creadora.


En el centro de este mandala, como su principio y su fundamento, hay algo que la práctica de meditación va revelando pasito a paso, con la paciencia que exige cualquier aprendizaje real: los seres humanos tenemos la posibilidad de relacionarnos de manera fresca, despierta y creativa con una realidad que está a la base de todo lo que hacemos, pensamos o sentimos. Esa realidad es un vastísimo espacio abierto, lleno de posibilidades. Es como si cada instante de nuestra vida fuera un lienzo en blanco, una página vacía, un cielo despejado en el que cualquier cosa puede aparecer. Nuestra inspiración, nuestra chispa creativa, puede provenir desde la vivencia de esa espaciosidad que es una cualidad innata de nuestra mente. Estamos siempre en una cancha inmensa y, antes de lanzarnos a la acción, podemos sentir esa inmensidad sin asustarnos, sin intentar reducirla ni llenarla de inmediato. Esto se relaciona con la noción budista de vacuidad (shunyata) o con lo que en la práctica del arte contemplativo solemos denominar el CIELO.


En ese espacio puede aparecer una cierta claridad: la posibilidad de percibir y conectar con la realidad desde una visión muy lúcida. Es como si empezara a fluir un agua fresca, que limpia y enfría nuestra neura, nuestros discursos, nuestras ideas fijas y nuestros conceptos acerca de lo que las cosas deberían ser. Al asentarnos en el espacio abierto fundamental podemos reflejar el mundo como un espejo, ver lo que nos rodea sin la agresión de imponer nuestra interpretación estrecha de las cosas. ¡Podemos ver el mundo! Y desde esa mente clara y apaciguada algo aparece: un trazo, una pincelada, un verso, una foto, una melodía, un movimiento. Lo hacemos de manera simple y espontánea. Unimos CIELO y TIERRA al poner una forma en el espacio vacío.


Desde ahí se despliega nuestra HUMANIDAD. Aparece una energía que expande la conexión entre el espacio fundamental y esa forma espontánea que acaba de nacer. Tenemos primero la experiencia de una gran riqueza, de abundancia de recursos y medios, una fertilidad vinculada con la energía creativa de la tierra que habitamos y que nos nutre. Accedemos a una mirada ecuánime que es capaz de reconocer el valor de todas las cosas: todo puede servirnos para seguir creando, para enriquecer nuestra expresión, para expandir las reverberaciones de esa forma. Agregamos color, imágenes, palabras, movimientos, desde una confianza profunda en que los recursos que alimentan nuestro proceso creativo son ilimitados, si somos capaces de salir a su encuentro.


Luego la energía se profundiza, y entra en juego el fuego de nuestra pasión. Nos sentimos llamados a poner un toque personal a nuestra creación, a conectar con nuestra emoción, a cultivar una mirada apasionada y juguetona. Somos capaces de magnetizar las cosas, de descubrir relaciones inesperadas entre ellas, vasos comunicantes, lazos, enredos, confluencias. Los detalles de la intimidad cotidiana alimentan nuestro fuego creativo. Queremos comunicar, ponernos románticos, compartir nuestra chispa. Sentimos un llamado a embellecer: detenernos en lo aparentemente pequeño y hacerlo importante, hacerlo único. Desde el calor de nuestro corazón vivo y palpitante hacemos que la forma de nuestro arte madure.


Y por último puede surgir una energía movilizadora que nos invita a darle un cierre a nuestra actividad creadora, a llegar a puerto. Es una energía que podemos asociar con el viento: algo que nos empuja y nos da ímpetu. Somos capaces de actuar, de agregar o quitar lo que se necesita, de editar, destruir, poner un punto final o tres puntos suspensivos. Algo nos moviliza para que el hacer se complete y aparezca el fruto de nuestro proceso. Ejecutamos desde la espontaneidad y cerramos el ciclo, sin temer el resultado final de nuestro impulso creador.


El círculo se cierra —¿o se abre nuevamente?— y en su extremo volvemos nuevamente al inicio: la apertura incitante del espacio original. Más que un mapa definitivo o una metodología a seguir al pie de la letra, se trata de un viaje inaudito, siempre fresco e incierto. Y es que el arte contemplativo no es una técnica ni un género, y mucho menos una receta: es una manera de relacionarse con el propio proceso creativo que confía en que ese proceso tiene su propia inteligencia cuando se lo deja ser, estar, respirar. La práctica de meditación enseña algo muy parecido, al entrenarnos en no intentar controlar lo que surge, sino aprender a habitar el espacio inmenso en el que todo surge. En ese sentido, el mandala del arte contemplativo no describe solo un camino para crear obras de arte, sino algo mucho más profundo: una forma de estar vivos y de responder creativamente a las encrucijadas, circunstancias y momentos de nuestra vida.

Comentarios


bottom of page