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Mindfulness y Desarrollo de Habilidades Clínicas

Mindfulness y Desarrollo de Habilidades Clínicas by Instituto Mindfulness on Scribd

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Entrevista a Mark Epstein

Entrevista a Mark Epstein Por Rich Simon Revista Psychotherapy Networker 2011 by Instituto Mindfulness on Scribd

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Un viaje personal con la Psicoterapia Budista (Verónica Guzmán y Silvia Hast)

Un viaje personal con la Psicoterapia Budista (Verónica Guzmán y Silvia Hast) by Instituto Mindfulness on Scribd

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Thich Nhat Hahn

Cómo puede ayudar el Mindfulness (Presencia Plena) por Thich Nhat Hanh

Uno no puede trasmitir sabiduría y conciencia a otra persona. La semilla ya está allí.
Un buen maestro toca la semilla permitiéndole despertar, germinar y crecer.

La presencia plena nos ayuda a reconocer qué está pasando en el momento presente. Cuando inhalamos estando presentes, tenemos conciencia de nuestra inhalación. Esto es mindfulness en la respiración. Cuando disfrutamos tomándonos un té y lo tomamos con conciencia plena del momento presente, esto es mindfulness en el beber. Cuando caminamos y estamos conscientes de cada paso que damos, eso es mindfulness en el caminar. Practicar mindfulness no requiere que vayamos a ningún otro lugar. Podemos practicar mindfulness en nuestro dormitorio o cuando nos desplazamos de un lugar a otro. Podemos hacer las mismas cosas que siempre hacemos –caminar, estar sentados, trabajar, comer y hablar- excepto que las hacemos con conciencia de lo que estamos haciendo.

Mindfulness es una energía que podemos generar para nosotros mismos. Todos podemos inhalar y exhalar estando plenamente presentes. Todos podemos movernos estando plenamente presentes. Todo ser humano tiene la capacidad de estar plenamente presente, no es algo que nos sea extraño. Todos tenemos la semilla del mindfulness en nosotros. Si practicamos con regularidad, esa semilla crecerá fuerte y en cualquier momento la energía de mindfulness estará disponible para nosotros.

La práctica de mindfulness aumentará la cualidad de nuestro aprendizaje y también mejorará la cualidad de nuestra vida, ayudándonos a relacionarnos con nuestro sufrimiento y trayéndonos paz, comprensión y compasión. Puede ayudarnos a mejorar o restablecer comunicaciones, permitiendo la reconciliación de tal modo que podamos conectarnos con la alegría de la vida. Es importante no sólo leer o hablar sobre mindfulness, sino de hecho practicarlo.

Cuando miramos un hermoso atardecer, si estamos plenamente presentes, podemos conectarnos muy profundamente con el atardecer. Pero si nuestra mente no está presente y está distraída por otras cosas –si estamos tironeados por el pasado o por el futuro o por nuestros proyectos– no estamos plenamente en ese momento y no podemos disfrutar de la belleza de ese atardecer. Mindfulness nos permite estar totalmente presentes en el aquí y ahora de tal modo de poder disfrutar las maravillas de la vida que tienen el poder de sanar, transformar y nutrirnos.

Detenerse
De acuerdo al Buda, mindfulness es la fuente de la felicidad y alegría. Cada uno de nosotros tiene una semilla de mindfulness, pero habitualmente olvidamos regarla. Si sabemos cómo refugiarnos en nuestra respiración, en nuestros pasos, entonces podemos tocar nuestras semillas de paz y alegría y así les permitimos que se manifiesten y las podamos disfrutar. En vez de refugiarnos en una noción abstracta de Dios, Buda o Alá, nos damos cuenta que a Dios, Buda o Alá podemos tocarlos en nuestra respiración y en nuestros pasos.

Esto suena fácil y cualquiera puede hacerlo, pero requiere de un poco de entrenamiento. La práctica de detenerse es crucial. ¿Cómo nos detenemos? Nos detenemos tomando conciencia de nuestra inhalación, nuestra exhalación y nuestros pasos. Nuestra práctica básica es el respirar en conciencia y caminar en conciencia.

Si queremos disfrutar de los regalos de la vida, tenemos que practicar mindfulness durante el día, ya sea que estemos en la ducha, preparando el desayuno para nuestros hijos, manejando al trabajo, o trabajando con niños en la sala de clases. Cada paso y cada respiración pueden ser la oportunidad para sentir alegría y felicidad. La vida está llena de dificultades. Si no tenemos suficiente reserva de felicidad, no tenemos forma de acoger nuestra desesperación. Con la práctica de mindfulness podemos preservar nuestra alegría interna, de tal modo que podemos manejar mejor los desafíos de la vida. Podemos crear una base de libertad, espacio y amor dentro de nosotros.

Aclararse
Antes de establecerme en Plum Village, viví en una ermita a una hora y media de Paris. Se encontraba en un cerro rodeado por bosques. Un día llegó una familia de refugiados que había escapado de Vietnam. El padre estaba buscando trabajo en Paris y me pidió que cuidara de su hija de cinco años, Thuy, que significa “agua”.

Thuy y otra niña se quedaron conmigo y llegamos al acuerdo que al atardecer cuando fuera el momento de la práctica de meditación sentada, ellas se irían a dormir y no hablarían ni jugarían más. Ellas permanecerían muy calladas mientras yo me ponía mis hábitos y prendía un incienso antes de la práctica de meditación sentada.

Un día Thuy y otras niñas estaban jugando cerca de la ermita y entraron a pedir agua para tomar. Yo tenía un jugo de manzana orgánica que un vecino me había regalado. Le ofrecí un vaso de jugo a cada niña. La última porción del jugo de manzana le tocó a Thuy quien no quiso tomárselo porque tenía mucha pulpa. Dejó el jugo sobre la mesa y se fue a jugar. Aproximadamente una hora después, volvió muy sedienta buscando agua. Yo le señalé su vaso de jugo de manzana y le pregunté, “¿por qué no te lo tomas? Está delicioso.” Ella miró el vaso de jugo y vio que ahora estaba muy claro ya que después de una hora toda la pulpa se había ido al fondo. Se lo tomó muy contenta.

Después me preguntó por qué el jugo de manzana se había aclarado y yo le contesté que había estado practicando meditación sentada durante una hora. Y ella comprendió! Ya que dejamos el vaso de jugo ahí durante una hora, se mantuvo quieto y se aclaró. Ella dijo, “ahora entiendo porque tú practicas meditación sentada, quieres aclararte”. Yo le dije “si, tú entendiste qué significa la meditación sentada. Si sabes cómo sentarte, cómo ponerte en una postura físicamente estable, si sabes cómo manejar tu inhalación y tu exhalación, entonces después de un tiempo te vuelves pacífico y claro.” Por eso nos gusta hacer meditación sentada todos los días. Imitamos al jugo de manzana, o el jugo de manzana nos imita a nosotros!

Planting Seeds, practicing mindfulness with children
Thich Nhat Hanh and the Plum Village Community

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Salud y Meditación (por Verónica Guzmán)

Salud y MeditaciónHoy día lo que nos convoca es una de las enfermedades que parece ser el signo de nuestros tiempos: el cáncer. Y el tema al que quiero referirme es al aporte de la meditación, ya sea en el proceso de recuperación del cáncer o en la posibilidad de vivirse esta enfermedad más sanamente, aunque suene paradojal.

Voy a empezar hablando de la meditación. En los últimos años con frecuencia leemos cada vez más investigaciones sobe el aporte de la práctica de meditación en los procesos de salud-enfermedad. Pero también la meditación se ha puesto de moda, desde un general malentendido sobre en qué consiste meditar.

Es frecuente escuchar a la gente decir que hizo un taller o un curso y que terminaron con una meditación. Si uno pregunta en qué consistía esa meditación, escuchará la descripción de un ejercicio de relajación. Y eso no es que tenga nada de malo, pero es relajación y no meditación.

Hemos hecho meditación sinónimo de relajación. Entendemos por relajación un estado de paz que podemos lograr al deshacernos de todo lo que nos incomoda, no nos gusta, nos aflige…….a la posibilidad de estar en paz….pero una paz entendida como ausencia de conflicto, como un espacio en el que no están presentes todas las dificultades de la vida cotidiana. Es la fantasía asociada a “poner la mente en blanco” como una posibilidad de descansar de esa chicharra interna o eterno comentarista que no nos da un segundo de tregua en nuestra vida cotidiana. Ese cúmulo de pensamientos constantes en los que anticipamos el futuro, generalmente con mucha angustia o repasamos y reeditamos el pasado, pero que no nos deja vivir el presente y que no sabemos cómo manejar.

La meditación, desde la tradición budista de la que surge, es exactamente lo opuesto a esa idea. Es la posibilidad de estar en paz porque somos capaces de incluir todas las dificultades de la vida cotidiana y de vivirlas de mejor manera, porque somos capaces de permanecer en paz incluso en medio de la adversidad, de manera más sana…..incluida la enfermedad.

En nuestra cultura occidental para poder conocer hemos dividido la realidad en fragmentos. Nuestro cuerpo físico lo ven los médicos, enfermeras, matronas; nuestra mente la tratan los psicólogos y psiquiatras; de nuestro ser social se preocupan los sociólogos y asistentes sociales; del espacio en el que vivimos se preocupan los urbanistas y arquitectos. Pero nuestro cuerpo/mente/ser social en un entorno es uno solo, que para estar sano necesita estar al menos sincronizado, estar en el mismo lugar en un momento determinado. Pensemos en nuestra vida cotidiana……..estamos sentados haciendo algo, estudiando, trabajando, leyendo o incluso viendo televisión y nuestra mente empieza a recordar que tiene que llamar a alguien por teléfono, y allá parte nuestro cuerpo al teléfono; volvemos a sentarnos y nuestra mente empieza a pensar que sería rico comer algo, y allá parte nuestro cuerpo al refrigerador; volvemos a sentarnos y se nos ocurre que sería tan rico ir al cine y qué películas estarán dando y nuestro cuerpo parte al computador a ver la cartelera de cines………y en eso nos llevamos el día entero, con el cuerpo corriendo detrás de todas las ocurrencias de la mente…..que es bien ocurrente! Y terminamos el día muy cansados!

La meditación consiste en hacer el giro opuesto, sentamos el cuerpo, en un cojín o una silla, y no se va a mover por un rato y lo que hacemos es traer la mente hacia donde está el cuerpo y los sincronizamos en el momento presente. Si lo pensamos por un segundo, al cuerpo no le queda más que estar en el presente…..menos mal! Cuando pensamos en que tenemos una “fantasía” es cuando sabemos que el cuerpo no nos puede seguir. Nadie dice que tiene una gran fantasía de ir al supermercado, porque el cuerpo puede hacerlo. Si por alguna razón no puede, se transforma en una fantasía.

Y ¿qué sentido tiene sincronizar el cuerpo y mente en el presente? Voy a decir una obviedad: el pasado ya pasó y no tiene vuelta; lo que ya dijimos o no dijimos, hicimos o no hicimos ya fue así. Y el futuro nunca llega, porque cuando llega es presente. Por eso, la única realidad real es lo que sucede en el presente. Alguien dijo alguna vez que la vida es aquello que ocurre mientras nosotros planificamos nuestra vida! El presente es ese momento fresco en donde nuestros sentidos huelen, escuchan, ven, tocan, gustan, si estamos presentes, siempre algo nuevo, algo que nos permite sentirnos vivos momento a momento………sobre todo si le tememos a ese futuro que anticipamos.

En la meditación entonces, lo que hacemos es aprender a relacionarnos con lo que está sucediendo en el presente, momento a momento. En ese sentido, es la posibilidad de estar en paz porque somos capaces de relacionarnos con lo que sucede en cualquier momento con apertura, claridad y calidez. Y estas son las cualidades naturales de nuestra mente que vamos develando a través de la práctica de meditación. Todos nosotros tenemos la capacidad natural de relacionarnos abiertamente con cualquier situación que surja, de poder acoger lo que sea que surja en nuestra experiencia, sea esta dolorosa o placentera. Somos capaces también de ver claramente lo que está pasando en la situación y lo que nos está pasando a nosotros en ella y de acoger eso amorosamente.
Aunque generalmente nuestra experiencia cotidiana es más bien de cerrazón, confusión y lucha, estas cualidades naturales las podemos ir develando a través de la práctica de meditación.

Todos tenemos la experiencia de vivirnos la enfermedad tratando de negarla o de luchar contra ella. Desde una simple gripe, en que una cosa es la gripe, tal como es y cómo nos sentimos cuando estamos agripados, y otra es todo lo que surge desde nuestra resistencia o lucha contra la gripe: nos carga estar con gripe, nos sentimos apestados, miserables, la rechazamos porque no queremos estar con gripe. Todos esos sentimientos cargan la gripe con mucho más sufrimiento que la gripe misma. Es obvio cuanto más pesada es esa lucha si no es una gripe, sino un cáncer. Nos sentimos confusos, con la sensación de qué es injusto, nos asustamos, enrabiamos y la cargamos de mucho sufrimiento. Aunque suene paradojal, podemos vivirnos la enfermedad sanamente o transformarla en una enorme fuente de sufrimiento. Hemos confundido en nuestra cultura aceptación con resignación. Nos movemos entre dos polos: luchar o resignarnos. Y hemos perdido de vista que la aceptación, entendida como el punto de partida de lo que realmente está sucediendo nos guste o no, es la posibilidad más real de hacer algo con eso que nos está pasando. No es posible saber claramente qué hacer con algo si estoy a la vez luchando con ello.

El dolor es parte inevitable de nuestra vida, el sufrimiento es opcional. El sufrimiento surge de la resistencia a lo que nos está pasando, surge de la resistencia a todo aquello que no nos gusta, de la resistencia al dolor; de la fantasía que algún día las cosas van a ser como quisiéramos y que van a poder permanecer así. Pero todos sabemos por experiencia directa que eso nunca es así, que cada vez que creemos que “ahora todo está bien”, algo pasa, las condiciones cambian, y estamos nuevamente sufriendo. Conocen a alguien que haya pasado por esta vida sin sufrir?

Voy a decir otra obviedad……….todos los seres humanos nacemos, envejecemos, enfermamos y morimos…….no hay nadie que se libre de eso, es parte de nuestra condición humana, en la que nos manifestamos a través de un cuerpo que tiene las características de cualquier cuerpo físico que se desgasta, se echa a perder y en algún momento muere. Es extraño, sin embargo, que siendo esa una obviedad, nos resistamos tanto a ello, generando parte importante del sufrimiento humano que compartimos. Constantemente tenemos la sensación más bien de que algo anda mal, en vez de considerarlo como parte del proceso natural de la vida, y eso nos hace sufrir.

Si el sufrir, o más bien el dolor, ya sea físico o psicológico, son parte de nuestra condición humana. ¿no será mejor aprender a relacionarnos con el dolor más que “enfrentarlo” o estar permanentemente luchando con él? Transformamos el dolor, físico o psicológico, en enemigos y desatamos una lucha. Pasamos parte importante de nuestros días y nuestra vida intentando que las cosas sean como quisiéramos que fueran, incluso si eso no es posible, y peleando con todo lo que no se acomoda a nuestro ideal. Tenemos la fantasía que seremos felices cuando podamos deshacernos de todo lo que no nos gusta o incomoda. De tanto querer quedarnos sólo con el placer y evitar el dolor, provocamos nosotros mismos nuestro sufrimiento.

Si pudiéramos relacionarnos con la enfermedad de forma abierta, clara y cálida, si pudiéramos aceptarla como parte de nuestro camino por esta vida y acogerla más amorosamente, probablemente podríamos aprender mucho de ella, transformarla en nuestra compañera de viaje, abrirle un espacio en nuestra vida, mirarla a los ojos y acogerla……….si no la transformamos en nuestra enemiga, nos podemos vivir cualquier enfermedad sanamente.

En este aprender a relacionarnos con el cáncer, en vez de luchar contra él, podemos estar abiertos a todos los sentimientos difíciles que aparezcan, las esperanzas y temores y podemos acoger todo eso. Pero además podemos estar abiertos a las nuevas oportunidades que se van abriendo, que sólo son posibles de reconocer cuando aceptamos la enfermedad y le damos un espacio emocional. Soltar la lucha nos permite descansar en un sentido profundo, nos permite permanecer sin resistencia, y ahí la vida se nos va apareciendo con toda su riqueza.

Es esta posibilidad la que nos permite la meditación, que es una herramienta, una práctica que entrenamos en el cojín para que se manifieste en nuestra vida cotidiana, permitiéndonos acoger cualquier cosa que surja en nuestra experiencia presente con apertura, claridad y calidez.

La felicidad se relaciona directamente con nuestra capacidad de apreciar lo que somos y lo que tenemos, más que con un objeto, persona o situación externa. Vivir en el presente nos permite valorar momento a momento lo que si tenemos: comida que podemos disfrutar, música que podemos escuchar, naturaleza con la que podemos maravillarnos día a día, cariños que podemos compartir, todas esas cotidianeidades que forman nuestra vida y que nos permiten sentir que mientras estemos vivos vale la pena disfrutarlos, independiente de si tenemos cáncer o no…….. somos algo más que un enfermo de cáncer, somos todavía un ser vivo despierto y eso lo podemos disfrutar!!

Verónica Guzmán (Psicóloga / Instructora de Meditación)
Octubre 28, 2009
Segunda semana chilena de lucha contra el cáncer

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Carla Vidal

Testimonio Carla Vidal: “Tengo Cancer, pero sigo Viva”

Soy Carla Vidal, tengo 48 años, estoy casada y tengo 3 hijos de 22, 19 y 14 años. Soy psicóloga y supervisora clínica, terapeuta familiar del Instituto Chileno de Terapia Familiar. Desde 1992 trabajé en esa institución en diversos roles, como terapeuta, docente, luego miembro del directorio, Directora Clínica y finalmente Presidenta en el año 2007. En ese momento compartía mi quehacer entre el Instituto y la consulta privada, donde atendía individuos, parejas y familias. Como temática me fui especializando en Duelo, realizando atención clínica y haciendo clases.

Mi vida era una buena vida: tenía una familia cariñosa y sana, me iba muy bien profesionalmente, habíamos comprado recientemente nuestra casa cerca del colegio de los niños, vivíamos tranquílamente. Todo cambió en abril de 2007, hace cuatro años y medio. A partir de una peritonitis apendicular detectaron un tumor en el apéndice, y al hacer imágenes de abdomen y tórax se determinó que correspondía a la metástasis de un cáncer pancreático con múltiples nódulos en el peritoneo y en el pulmón. Así, de un momento a otro se me diagnosticaba un cáncer de páncreas nivel IV, con un pésimo pronóstico: se habló de sólo unos meses de vida.

Estar hoy aquí refleja el proceso que he recorrido. Por una parte sigo viva, y con una muy buena calidad de vida, lo que incluye por supuesto el tratamiento que nunca ha cesado: me realizo quimioterapia de manera continua, cambiando la frecuencia (actualmente cada 15 días) y el esquema de drogas en función de la evolución de la enfermedad y su actividad tumoral. Por otra parte, hablar aquí es reflejo de una necesidad reciente de sistematizar todo aquello que me ha ocurrido, de ponerle palabra y organizarla, y transferir una experiencia que me ha resultado profundamente valiosa. Por eso, junto con preparar estas líneas he ido escribiendo de manera más extensa una cronología del proceso, con sus puntos de inflexión y con la conceptualización de aquellos aspectos que considero mis mayores aprendizajes en este camino que ha sido difícil y, a la vez, profundamente vital. En esta tarea no estoy sola: un amigo con quien he tenido una fuerte conexión en este tiempo está trabajando conmigo como un gran interlocutor, lo cual es una ayuda invaluable para concretar este desafío.

El shock del diagnóstico

  • Cómo enfrentar la enfermedad y todo lo que viene por delante
  • ¿Debo luchar contra el cáncer?
  • Primer punto de inflexión

Al saber del diagnóstico, en medio del shock, tuve una reacción de mucha fortaleza. Les prometí a mis hijos, con profundo convencimiento, que no moriría. Me dije a mi misma y a los demás que no era mi primera batalla y no sería la última. Sin embargo, el primer punto de inflexión se produjo seis días después, cuando unas amigas me llevaron a ver a Tom Heckel, un terapeuta norteamericano formado en la India considerado “consejero psíquico”. El me dijo que mi alma estaba muy cansada de luchar, que desde niña me había tocado hacerlo y que mi esencia estaba en la contemplación y la compasión, no en la lucha. Por lo tanto, si enfrentaba el cáncer luchando contra él me cansaría aun más, y la única salida era que lo enfrentase a través de conectarme profúndamente con el deseo de vivir. Esas palabras me estremecieron y me hicieron mucho sentido, convirtiéndose en el punto de partida del camino que he recorrido hasta hoy. Gracias a esa conversación la enfermedad dejó de ser una carga intrusa de la que tenía que deshacerme para que la vida volviera a ser como antes, y se convirtió en la posibilidad de conectarme en lo profundo con la vida que necesitaba vivir. A su vez, él me entregaba un mensaje inesperado, revolucionario, contrario al sentido común: no había que luchar, había que vivir. Sentí un alivio tremendo de poder enfrentar el cáncer de esta manera, conectada con la vida, con el placer, y no como soldado de una batalla en la que, además, el ejército contrario era muy poderoso. A partir de ese momento dejé mi cargo en el Instituto, derivé a todos mis pacientes, me concentré en darme una buena vida cotidiana conectada con mi familia, con la naturaleza. Comencé a relacionarme con mi cuerpo de manera que no sólo fuese el recipiente de la enfermedad: dos veces a la semana me hacían reiki y otras dos veces iba a yoga. Complementaba la quimioterapia con medicinas alternativas y con cambios en mi alimentación, de manera de fortalecer el sistema inmunológico y ayudar a mi cuerpo a enfrentar el cáncer y el costo físico del tratamiento. Ante la incertidumbre del mañana, comenzó a tener profundo valor el momento presente, lo que se traducía en acciones sencillas, casi siempre postergadas en mi vida anterior por mi falta de tiempo, y que me resultaban profúndamente placenteras. Así, de a poco, a pesar del dolor, el miedo y la pena empezaba a disfrutar, y la manera de vivir de antes dejó de interesarme. Comencé a hacer caminatas temprano en la mañana junto a mi perrita por un parque cercano a mi casa; a maravillarme de todo lo que veía, a sorprenderme al constatar cuántas cosas dejamos de ver si caminamos con el único propósito de llegar rápido a alguna parte. Al ser testigo de los ciclos de la naturaleza, del sol que sale porfiádamente todos los días, mi vida y mi enfermedad se ponían en perspectiva: yo era parte de esa inmensidad, la parte de un ciclo mayor que nos abarca y que no controlamos. Así nació en mí un sentimiento de devoción, de maravillarme y sorprenderme, de profunda contradicción al darme cuenta de cómo la enfermedad y la cercanía de la muerte estaban permitiendo conectarme con la vida, y a su vez con el misterio. Podía entonces entregarme al no control y a la incertidumbre con menos angustia, surgían la curiosidad y la gratitud como sentimientos nuevos que me llenaban de paz.

En ese tiempo, el futuro tenía menos sentido ante la inminencia de una muerte prematura y por lo tanto la vivencia del presente adquirió un valor supremo. Los planes, el mañana, ciertos deseos, proyectarme, parecían inútiles o dimensiones de la vida a las cuales ya no tenía derecho. Más tarde me di cuenta que no tenía por qué ser así.

Junto con eso, la enfermedad seguía su curso en la forma de continuas pérdidas: mi pelo se raleaba, las quimios me dejaban muy agotada, mi alimentación era menos libre, me veía flaca y ojerosa, salían feos granos en mi cara y mi cuerpo, mi autonomía se restringía y tuve que aprender a depender de los otros, pese a haber jugado por años el rol de pilar sobre el cual el resto se apoyaba. Sin embargo la disminución de la autonomía no me impidió estar a cargo de mi tratamiento. Fue fundamental sentirme con la entera libertad de elegir a mi médico, así como las medicinas complementarias que muchas personas me aconsejaban con carácter de urgencia. Este empoderamiento generó tensiones con algunos de mis seres queridos, pero fue fundamental sentir que estaba activa haciéndome cargo de mi enfermedad, y eligiendo en función de aquello que a mí me hacía sentido y me resultaba amigable.

Desde ese primer año y hasta el día de hoy ha cumplido un rol fundamental la relación con mi doctor. Soy extremadamente privilegiada en el plano médico: hacía años habíamos tomado el seguro de la Clínica Alemana, por lo cual mi tratamiento es sin costo. Y afortunadamente mi doctor —Conrado Vogel— ha sido un pilar en cuanto ha asumido mi caso con mucha dedicación y profesionalismo y, sobre todo, con una capacidad infinita de vincularse en un plano afectivo y personal. Está siempre disponible, no me habla desde las alturas sino en un plano totalmente cercano, si no sabe algo me lo dice y discute del caso con su equipo. Hemos tenido muchas conversaciones profundas. Un aspecto muy importante para mi en este vínculo es el humor. Nos reímos muchísimo, permanentemente, lo cual genera más cercanía y le quita dramatismo, haciendo que me sienta una persona, no un cáncer de páncreas.

Junto con la ayuda médica he recibido un muy buen acompañamiento de parte de mi terapeuta, que se mantiene hasta hoy, junto con apoyo farmacológico de una psiquiatra amiga. Durante el primer año también recibimos ayuda de terapia familiar, la cual fue muy provechosa para compartir nuestros sentimientos y hacer ajustes necesarios en nuestro funcionamiento como familia. El apoyo de las medicinas complementarias ha sido también una ayuda invaluable para el buen estado en que me encuentro, y también la relación con los médicos que la entregan me ha permitido un vínculo muy provechoso para ir direccionando este camino.

En ese primer año se destaca nítidamente el poder de contención que tuvo la red de apoyo. Sentir a tantas personas ofreciendo y dando ayuda tanto económica como práctica me generó la sensación de estar sostenida, como si flotase en el mar en vez de patalear para no ahogarme. El anillo fundamental fue mi familia directa: mi marido trajo su oficina para la casa y así podía acompañarme a cada quimioterapia y en los días que me sentía muy mal, él estaba trabajando cerca de mí. Mis hijos estaban muy conectados conmigo pero a la vez continuaron con sus vidas, lo cual me vitalizó mucho ya que la casa seguía siendo un centro de reuniones adolescentes donde la vida transcurría con todos sus sabores. El segundo anillo fue la familia extensa, de donde recibí mucho amor y protección, especialmente de mis padres a quienes veía hacer malabarismo emocional entre la devastación que les significó la noticia, su deseo de interceder y dirigir en tanto padres y médicos, y su buen criterio de respetar mis decisiones y procesos. El tercer anillo fueron los amigos, distinguiendo aquí la cantidad enorme que formó la red general –colaborando económicamente y con muestras de cariño a través del correo electrónico y redes de oración– y aquellas amigas más cercanas que han ejercido hasta hoy un rol fundamental en la contención, en ayudar a pensar, a tomar decisiones, en escuchar sin tener que decir nada, en otorgar ayuda práctica cuando se hace necesaria, y a la vez en seguir viviendo la vida con humor y placer.

Frente a toda esta red familiar y de amistad siento una profunda gratitud. Pero no me siento en deuda. La gratitud es un sentimiento que se relaciona con el amor incondicional y genera más libertad; la deuda aprisiona, obliga, restringe. A su vez, no quiero que nadie se sienta en deuda conmigo: cuando una persona me llama y se disculpa por no hacerlo hace tiempo, me pregunto: ¿y por qué se siente mal si yo tampoco la he llamado? La enfermedad no tiene por qué dejarme en una situación diferente respecto de la reciprocidad de las relaciones.

Esto se vincula con un tema fundamental que quiero abordar: la mirada de los otros. Con mucho cariño, la mirada general era ¿por qué te pasó esto a ti? Esta pregunta tiene dos componentes: el de injusticia y el de la propia responsabilidad. Ambos me resultaban muy difíciles. Cuando veía a los otros con rabia por la supuesta injusticia que me había sucedido, me sentía muy sola: significaba que me había ocurrido algo excepcional, incomprensible, ajeno a lo que les sucedía a ellos. Se creaba así el sentimiento de separatividad: yo en la otra vereda, fuera del club de los sanos, o –más bien– fuera del club de los vivos. Cuando el componente era la propia responsabilidad, me gustaba pensar en cuáles eran las causas, o condiciones, o mis propios actos incorrectos que habían producido y sostenían el cáncer, pues eso me permitía pensar que estaba en mis manos realizar cambios que lo mantuvieran bajo control. Sin embargo, esta idea me sometía a una presión muy difícil de sobrellevar: si el antígeno pancreático volvía a subir, me angustiaba por identificar qué cosa había hecho mal ese mes que explicara ese hecho. Me di cuenta que pensar en mi propia responsabilidad me generaba una ilusión de control muy exigente y que a la vez no me permitía enfrentar la realidad de la enfermedad, que es la realidad de la incertidumbre y el misterio. Me enfrenté entonces a la siguiente interrogante: ¿cómo salir de los polos de la injusticia y de la propia responsabilidad?, ¿cómo empoderarse con el tratamiento, haciendo cambios significativos que ayuden a fortalecer el sistema inmunológico, pero a la vez aceptar el misterio y el no control?, ¿cómo aceptar el misterio y el no control sin quedarnos de víctima de alguna maldición inmanejable?

Trabajar en esas preguntas ha sido parte importante del recorrido que seguí haciendo, para poder enfrentar el cáncer a través de la conexión profunda con la vida y no a través de la lucha. Una idea se iba haciendo cada vez más clara: esto se trata de vivir, no de durar.

El segundo año

  • ¿Cómo convivir con la enfermedad?
  • ¿Quién soy?, ¿qué me define?
  • ¿Qué hago si no hago lo que siempre he hecho?
  • ¿Cómo convivo con la pérdida de poder?
  • Segundo punto de inflexión

Al finalizar ese primer año, sorprendentemente todos los indicadores bajaban sostenidamente y, lejos de morirme como estaba pronosticado, se instalaba la idea de una enfermedad con la que tendría que convivir un tiempo más largo. Me sentía muy contenta, pero simultáneamente surgía una angustia profunda: ¿qué hago ahora? Ya no podía sólo dedicarme a recuperar energías, y tenía claro que no quería y no debía volver a trabajar en lo mismo y de la manera que lo hacía antes. Atender pacientes sería malo para ellos ya que por el tratamiento no podía comprometerme como una terapia lo requiere, y además yo no tenía ganas de trabajar asumiendo las angustias de otros. Volver a un cargo institucional me parecía aun más impensable. Entonces ¿qué hago ahora si no puedo o no quiero hacer lo que siempre he hecho? ¿Quién podría ser si no soy la terapeuta exitosa, ni la buena docente, ni la representante del Instituto? Aparece así la sensación tremenda de que la enfermedad me estaba generando un quiebre de identidad, y eso se vive como sensación de vacío. ¿Y qué se hace con el vacío? Mirando para atrás creo que lo sostuve un tiempo, y eso generó oportunidad y crecimiento. Fue el segundo punto de inflexión. Cerré la consulta, viví la dura experiencia de volver allí –no regresaba desde la tarde en que me hicieron el scanner que diagnosticó mi cáncer, por lo tanto había cerrado la puerta sin saber que no volvería–, saqué todos los muebles, la vi vacía, y tomé conciencia de que estaba cerrando una etapa sin saber a cuál estaba entrando. Era el fin de mi actividad principal, de mi fuente de gratificación y sostén económico, pero, sobre todo, era el fin de la identidad que me representaba y por la cual los otros me reconocían. Armé en mi casa un lindo escritorio y allí comencé a supervisar, actividad que mantengo hasta hoy. Así retomaba mi vida laboral en un espacio protegido, manteniéndome activa y reflexionando, pero a la vez me quedaba mucho tiempo para cuidarme, para seguir con el reiki, el yoga, las caminatas, la cercanía con mi familia, mis amigos, y también para continuar con el tratamiento de quimioterapia. Cuando digo que sostuve el vacío es porque ahora veo que fui capaz de aceptar no llenar el tiempo, toleré no encontrar rápidamente la respuesta al ¿quién soy entonces? ¿Qué hago si no hago lo único que sé hacer? Aparece la sensación de apertura y así, sin darme cuenta, de a poco comienzan a surgir actividades nuevas que permitieron sentirme plena: lo primero es que me formé en reiki y comencé a ejercitarlo con otros. Con esto se me abrió una nueva dimensión en la relación con los demás: la sanación, ya no a través de la palabra, mi antiguo y conocido territorio, sino a través del cuerpo.

Me comenzaba a dar cuenta entonces que no existía una sola manera de vivir, que yo era más que la identidad que se había quebrado, y que estaba comenzando a probar nuevas maneras de ser y de realizar mi profesión. Lo sorprendente es que me estaba gustando más que la forma de vida que tenía antes, pese a que anteriormente tenía una carrera profesional gratificante, prometedora y desafiante. El encantamiento con mi nueva vida reveló dos cosas: que había estado ciega a altos niveles de agotamiento y exigencia y, por otra parte, que siempre existen los espacios de libertad, teniendo a nuestro alcance insospechadas maneras de vivir y de ser a las cuales nos negamos por aferrarnos a una identidad, más aun si ésta está llena de reconocimiento.

El tercer año

  • La apertura a nuevas miradas
  • La relación con la enfermedad y la muerte de manera más natural
  • Ir aceptando la experiencia con todo lo que trae
  • Tercer punto de inflexión

El tercer año apareció la Psicología Budista, guiada por la psicóloga Verónica Guzmán. La práctica de la meditación y las lecturas sobre la vida y la muerte me fueron dando una sensación profunda de apertura a la experiencia con toda su dimensión, lo cual me permitía vivir plenamente el dolor, la pena, la rabia y el miedo cada vez que aparecían, y a la vez los podía dejar partir sin quedarme atrapada en ellos, pudiendo también sentir el amor, la gratitud, la felicidad de estar viva, el placer vivido en pequeñas y grandes cosas. Le dio una significación a aquello que intuitivamente estaba haciendo y descubriendo. Adquirí la sensación de que “todo cabe”, que la vida es un espacio abierto donde cabe la enfermedad y sus dolores físicos y psíquicos, y también cabe la enfermedad como oportunidad de mirar y vivir aspectos nuevos e insospechados de uno mismo, a los cuales seguramente no les habría dado un espacio si todo hubiese seguido su ritmo, aquel ritmo de las cosas considerado “natural”.

Al ver la muerte como algo ordinario, que nos ocurre a todos, disminuyó el sentimiento de separatividad. Ya no me estaba pasando algo extraordinario. Al contrario, al estar fuera del pedestal del “éxito” me encontraba en un lugar de mayor sensibilidad para conectarme con todo el sufrimiento de la humanidad, pero ahora desde un auténtico sentimiento de compasión, de com–pasión, de compartir el dolor, y no hacerme cargo de él como muchas veces me debe haber ocurrido como terapeuta. Este ha sido un proceso del que entro y salgo, no se adquiere de una vez y para siempre. La tentación de poner al que sufre en la otra vereda también me ocurre: muchas veces me sucedió que al ver a una mujer con pañuelo en su cabeza decía “pobrecita”. O sea, la ponía lejos de mí y en una situación de desmedro: ella había quedado calva y yo no. Luego me daba cuenta de cómo había separado de mí a esa mujer para sentirme mejor, siendo que si nos comparábamos incluso ella podría estar en condiciones de salud mejores a la mía: es verdad que sin pelo, pero probablemente con un esquema acotado de quimios, luego de lo cual le crecería el cabello y estaría sólo haciéndose controles. Este fenómeno que describo lo he visto en la mirada de muchas personas hacia mí. La mirada que dice “pobrecita”, con mucho cariño, pero que me relega a la vereda del frente. En algún sentido nosotros, los enfermos de cáncer, somos portadores de malas noticias. Somos los mensajeros que comunicamos que existe la enfermedad, que le puede ocurrir a cualquiera, que la muerte no se da en orden cronológico y que, finalmente, nos llegará a todos, sin control sobre ella.

A partir de estas reflexiones fui llegando a ciertas respuestas sobre mis preguntas iniciales. Si la enfermedad y la muerte son fenómenos naturales y no extraordinarios, no cabe la pregunta rabiosa del ¿por qué a mi?, como si una injusticia hubiese caído cual maldición sobre mi cabeza. Esto me ha parecido muy importante, porque el sentimiento de injusticia promueve quedarse en rol de víctima, lo que podría traer muchas ganancias secundarias, pero, sobre todo, trae una trampa fundamental: uno queda atrapado por este sentimiento, envuelto en su manto, haciendo muy difícil que la vida continúe. Desde el rol de víctimas somos nosotros mismos los que nos situamos en la otra vereda, profundizando la vivencia de separatividad como si todos los demás estuviesen sanos y felices. En esa otra vereda, la víctima se niega el derecho a vivir como cualquiera. Desde el rol de víctima es muy difícil sentir compasión por otros, ya que se tiende a pensar que uno es quien más sufre y que, al lado de lo que nos ha ocurrido, todo lo demás es insignificante y cualquier sufrimiento ajeno es exagerado y despreciable, lo cual profundiza nuestro aislamiento y soledad ya que difícilmente nos sentiremos comprendidos por algún otro que “no está viviendo lo mismo que yo” y, por lo tanto, “no tiene ni idea de qué se trata todo esto”.

Al mismo tiempo, si la enfermedad y la muerte son fenómenos naturales, no tengo que pensar que yo me he causado el cáncer y que de mí depende totalmente la curación. Puedo cuidarme, implementar acciones que protejan el terreno en que me habito, como una buena alimentación, cuidar el cuerpo, usar medicinas complementarias, tener un estilo de vida con mayor conciencia de qué me hace bien y qué me hace mal, saber poner límites, tener una mayor conexión con las cosas que me vitalicen. Pero, finalmente, admitiendo que todo ello es muy importante, que seguramente va a darme una mejor calidad de vida y tal vez una mayor sobrevida, como ha sido mi caso, debo aceptar que eso no me asegura la curación. El cáncer está relacionado con el misterio, y parte de enfrentar plenamente la vida es reconocer y convivir con el misterio, abriéndole un espacio a la incertidumbre y al no control. He hecho mías dos frases que me ayudan mucho: “Hago todo lo que creo que tengo que hacer para estar mejor, pero suelto el resultado” y “La vida no es ningún premio, la muerte no es ningún fracaso”.

Todo esto me ha permitido salir de la tensión entre los polos de la casualidad–injusticia y la culpa–responsabilidad, a través de usar la experiencia del cáncer como algo que me interpela, que me permite mirar mi vida y buscar un sentido conectada profundamente con lo que quiero y me es coherente, que me permita vivir a plenitud, que posibilite sentir la gratitud por lo que tengo y, al mismo tiempo, “ir por más”; donde quepan tanto la libertad y el arrojo para tomar decisiones que me sean provechosas, como la aceptación de la incertidumbre y el misterio.

El cuarto año

  • El encuentro con el entusiasmo
  • El espacio de libertad
  • Estar completamente viva
  • Cuarto punto de inflexión

En este camino donde voy viviendo una mayor apertura y aceptación de la experiencia, con todo lo que trae de dolor y de novedad, surge el encuentro con el entusiasmo. Por diversas sincronías me llegó una invitación a Italia con mi familia, y allí conocimos a nuestra familia de origen, con la cual no se tenía ningún contacto desde 1912. Eso produjo en mí, y en todos, un efecto emocional muy intenso, creándose un vínculo con algunos parientes de distintas generaciones que se fue profundizando en el año a través de correos electrónicos muy frecuentes y de mucha cercanía. Comencé a aprender italiano y se produjo el cuarto punto de inflexión.

El aprendizaje del italiano, comenzar a comunicarme de manera cada vez más fluida con la familia del Piamonte, traducir cuentos que había escrito mi tía italiana y que mostraban sus vivencias en tiempos de la guerra, todo ello me fue produciendo un estado de bienestar que me hacía abstraerme del tiempo. Surgió así la conciencia del estado de entusiasmo, de estar haciendo algo que me hacía mucho sentido y me daba satisfacción. El italiano se empieza a convertir en mi espacio de libertad, porque su gratuidad no se conecta con ninguna otra necesidad que no sea el simple placer. Los días de quimio veo películas y escucho canciones italianas, y el sólo sentir el idioma me genera un sentimiento de bienestar que me permite convivir con todo lo difícil. Con una colega con quien compartimos la misma pasión, creamos una sociedad para traducir artículos de psicología desde el italiano al español: Venessandria Traduzioni. Este año volvimos a ir a Italia con toda la familia, fortaleciéndose aún más los lazos con los parientes piamonteses, creándose situaciones verdaderamente mágicas y de mucha intensidad emocional. Tengo la convicción que nada de esto hubiese ocurrido sin la circunstancia de mi enfermedad, lo que ha ratificado la sensación de que aquel sentimiento de vacío que pude sostener ha permitido que en el espacio abierto vayan apareciendo aspectos inimaginables de mi misma, novedosos y profundamente enriquecedores.

Creo que el entusiasmo es una emoción fundamental en la relación con el cáncer. Nos llena de endorfinas que fortalecen nuestro sistema inmunológico y nos permite sentirnos completamente vivos. Este concepto ha sido clave en este nuevo punto de inflexión. Cuando la mirada de los demás, y la de nosotros mismos, nos coloca en la otra vereda, estamos “medio–vivos”. Sin embargo, si vivimos la vida a plenitud, sea cual sea el tiempo que nos quede, donde la plenitud incorpora todo lo difícil y también lo maravilloso, estamos completamente vivos, y así podremos estarlo hasta el último momento. El futuro, los deseos, los planes surgen como posibilidades a las cuales los enfermos también tenemos derecho, porque estamos totalmente vivos. Si algún plan no se puede concretar es parte del no control, por tanto es algo que le puede ocurrir a cualquiera, no sólo a nosotros. Esa convicción evita ponernos entre paréntesis, permite seguir soñando, aprendiendo cosas nuevas, buscando el propio sentido, vinculándonos estrechamente, gozando del día a día, compartiendo el dolor con otros, tanto el nuestro como el de los demás. Todo eso es la vida, con todos sus colores, y la cercanía de la muerte nos hace más conscientes de ella. Seguramente si ahora hiciera mis clases de Duelo incorporaría una mirada que antes no sospechaba, una mirada que es posible por todo lo que aprendido a partir de mi enfermedad. Puedo decir, aunque suene extraño, que tener cáncer es parte de mi curriculum, es fuente de profundas vivencias y reflexiones que me han enriquecido como ser humano, y por tanto puedo vivir su presencia con total dignidad.

En este momento estoy en un período de mucha incertidumbre. Me siento muy bien, físicamente también lo estoy –he pasado otros períodos más delgada, más ojerosa y con menos pelo–, pero los indicadores actuales muestran una reactivación del tumor. Eso me ha ocurrido varias veces en estos cuatro años, lo cual obliga a cambiar el esquema de las quimios. Pero esta vez es más difícil porque quedan menos drogas a las cuales echar mano. Es duro, qué duda cabe, aunque todo este camino recorrido me ayuda enormemente. Esta vez me he conectado más claramente con la pérdida que a mí me significaría mi propia muerte, a diferencia de lo que sentía al comienzo donde mi única conexión con la muerte era el temor de dejar a mis hijos y generarles un dolor irreparable. Esa mirada hoy se ha ampliado: no quisiera morirme porque lo estoy pasando bien, no quiero dejar la fiesta. Pero por otro lado me siento privilegiada de sentir que estoy en una fiesta, y si tuviese que partir es maravilloso que sea desde este sentimiento. Sé que también eso ayudará a los míos si ocurre: en estos cuatro años me han visto sufrir, pero también me han visto ser profundamente feliz, me han visto gozar, me han visto “ir por más”. No me han visto en la lucha ni en el desgastador esfuerzo, me han visto conectada profundamente con la vida, como me lo propuso aquel “consejero psíquico” la primera semana después del diagnóstico. Y siento una profunda gratitud por todo lo que he podido vivir, por las ayudas invaluables que he recibido, por el amor infinito que ha estado siempre presente.

Quiero finalizar con una frase del checo Vaclav Havel: “La esperanza no es la convicción de que algo terminará bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, sin importar cómo termine”.

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